En 2019, Nutriandes —conglomerado de alimentos con operaciones en toda América Latina— decidió implementar un ERP global. La promesa era ambiciosa: una única fuente de verdad para 12 países, más de 50 plantas y miles de puntos de distribución. El directorio lo presentó como la piedra angular de su “transformación digital”.
Desde el inicio, el proyecto tuvo grietas invisibles. Cada país cargaba inventarios con criterios distintos. Las bodegas seguían operando con registros manuales. Y muchos gerentes confiaban más en sus planillas Excel que en el sistema oficial. En los tableros corporativos, todo parecía limpio. En el terreno, la realidad era otra: insumos faltantes, productos vencidos, cifras que no cuadraban.
El colapso llegó en plena temporada navideña. El ERP mostraba stock suficiente de galletas premium. Los ejecutivos respiraban tranquilos. Pero las estanterías se vaciaron. Los pedidos no se cumplían. El sistema reportaba existencias en Colombia, pero el producto estaba en Perú. Ventas duplicadas sin entregas registradas. El caos fue total: pérdidas por más de 80 millones de dólares, clientes furiosos, titulares que hablaban de “la caída del gigante”.
La investigación interna fue demoledora. El ERP no había fallado. Lo que falló fue la gobernanza de los datos. No había reglas comunes. No existían incentivos para capturar información real. Las inconsistencias se maquillaban para evitar conflictos con la dirección. Un gerente lo resumió así: “Todos sabíamos que los números no cuadraban, pero el sistema nos pedía avanzar, así que avanzamos”.
La lección fue dura. Nutriandes mantuvo el mismo ERP, pero creó una Oficina de Calidad de Datos, implementó reconciliaciones interpaís y cambió los incentivos: ahora, la carrera profesional depende tanto de las ventas como de la confiabilidad de la información. Hoy, la empresa no presume de “un dato único de verdad”, sino de un sistema vivo, donde los datos se validan, se contrastan y se discuten.
Este caso —ficticio, pero inspirado en realidades muy cercanas— revela una verdad incómoda: los datos no colapsan por errores técnicos, sino por fallas culturales. Y si un gigante puede tambalear por eso, ¿qué queda para las empresas medianas que se digitalizan sin preparación?
En el próximo artículo, exploraremos un camino alternativo: ORÁCULO, una ruta para construir un gobierno de datos antifrágil. Porque si los datos no se gobiernan, terminan gobernando el caos.